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Full text of "Domínguez O., A. Et Al. La Guerra De Los Treinta Años [ocr] [1997]"

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A. Dominguez Ortiz, G. Parker, J. Alcalá-Zamora y P. Molas 








Cuadernos 


Historia 16 


Plan de la Obra 


1. La Segunda República Española + 2. La Palestina de Jesús * 3, El Califato de Córdoba + 4. El Siglo de 
Oro, 1 + 5. El Siglo de Oro, 2 + 6. Faraones y pirámides + 7. La Castilla del Cid + 8. La Revolución Indus- 
trial + 9, Felipe IT + 10, La medicina en la Antigitedad * 11. Los Reyes Católicos + 12, La mujer medieval + 
13. La Revolución Francesa, 1 + 14. La Revolución Francesa, 2 + 15. La Revolución Francesa, 3 + 16. El 
Egipto de Ramsés II + 17, La invasión árabe de España + 18, Los Mayas * 19. Carlos V + 20, La guerra de 
la Independencia, 1 * La guerra de la Independencia, 2 + 22, La Hispania romana + 23, Vida cotidiana en 
la Edad Media + 24, El Renacimiento + 25, La Revolución Rusa + 26, Los fenicios + 27. La Mezquita de 
Córdoba + 28, La Reforma en Europa * 29. Napoleón Bonaparte, 1 * 30. Napoleón Bonaparte, 2 + 31. Los 
iberos * 32, Recaredo y su época * 33, Los campesinos del siglo XVÍ + 34, La Inglaterra victoriana 
e 35, El Neolítico * 36. Los Aztecas * 37. La Inglaterra isabelina + 38, La II Guerra Mundial, 1 + 39. La II 
Guerra Mundial, 2 + 40, La II Guerra Mundial, 3 + 41. Tartessos * 42. Los campesinos medievales 
e 43, Enrique VIII + 44, La España de José Bonaparte * 45. Altamira + 46. La Unión Europea +* 47, Los rei- 
nos de taifas * 48. La Inquisición en España * 49 Vida cotidiana en Roma, 1 + 50. Vida cotidiana en 
Roma, 2 + 51. La España de Franco * 52. Los Incas + 53. Los comuneros * 54, La España de Isabel II 
e 55. Ampurias * 56. Los almorávides + 57. Los viajes de Colón + 58, El cristianismo en Roma + 59, Los 
pronunciamientos * 60, Carlomagno, 1 * 61. Carlomagno, 2 + 62. La Florencia de los Médicis + 63. La Pri- 
mera República Española * 64, Los sacerdotes egipcios * 65. Los almohades + 66. La Mesta + 67. La 
España de Primo de Rivera + 68, Pericles y su época * 69. El cisma de Aviñón + 70. El Reino nazarita +* 
71. La España de Carlos III + 72, El Egipto ptolemaico + 73. Alfonso XIII y su época + 74, La flota de 
Indias + 75. La Alhambra + 76. La Rusia de Pedro el Grande + 77. Mérida + 78. Los Templarios + 79, Veláz- 
quez * 80, La ruta de la seda + 81. La España de Alfonso X el Sabio + 82, La Rusia de Catalina II + 83. Los 
virreinatos americanos * 84, La agricultura romana * 85. La Generación del 98 + 86, El fin del mundo 
comunista + 87, El Camino de Santiago * 88, Descubrimientos y descubridores + 89. Los asirios * 90, La 
Guerra Civil española * 91. La Hansa + 92. Ciencia musulmana en España * 93. Luis XIV y su época 
e 94, Mitos y ritos en Grecia * 95, La Europa de 1848 + 96, La guerra de los Treinta Años + 97. Los moris- 
cos * 98, La Inglaterra de Cromwell + 99, La expulsión de los judíos + 100, La revolución informática. 


O A. Domínguez Ortiz, G. Parker, 
J. Alcalá-Zamora y P. Molas 

O Información e Historia, S.L. Historia 16 
Rufino González, 23 bis 
28037 Madrid. Tel. 304 65 75 


ISBN: 84-7679-286-7 (Fascículos) 
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Historia 16 


2 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


Causas políticas 


LAS CAUSAS DE LA GUERRA. 


Causas religiosas 


Causas socIO0eConÓmICAS 


FASES Y PRINCIPALES 
OPERACIONES 


Firmar la paz 


LA DERROTA DE ESPAÑA 





Origen y causas 


La guerra y el programa 
del conde-duque 
La defección alemana 
al desastre naval 


Al borde del abismo 


LOS DESASTRES 
DE LA GUERRA 


Un nuevo sistema 
internacional 


Consecuencias 
económicas y sociales 


En portada, uno de los 
episodios de la Guerra de 
los Treinta años: la toma de 
Brisach, Renania, en 1633, 
por las tropas españolas 
del duque de Feria (por 
Jusepe Leonardo, Museo 
del Prado, Madrid). 
Izquierda, soldado de la 
época (picas al hombro, 
uno de los movimientos 
en el manejo de la pica, de 
un manual de instrucción 
militar de la época) 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 3 


El emperador 
Fernando ll de Alemania 
(obra de la escuela de Rubens, 
Museo del Prado, Madrid) 


4 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 





La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) fue sin duda la primera gran guerra 
europea y ha sido considerada como un punto crítico en la historia moderna del 
continente. Iniciada en Bohemia por motivos religiosos, se extendió cual reguero de 
pólvora a las tierras del Imperio, afectando no sólo a toda Europa central sino 
también a las principales potencias del momento que, con su intervención en el 
conflicto armado, dirimían a su vez otras cuestiones paralelas. En este Cuaderno, 
Antonio Domínguez Ortiz, Geoffrey Parker, José Alcalá-Zamora y Pere Molas Ri- 
balta analizan las causas de la conflagración, describen sus fases y principales 
operaciones, destacan el significativo papel de España y realizan un balance del 
nuevo orden consagrado por los tratados de paz de Westfalia. 


Las causas de la guerra 


Antonio Domínguez Ortiz 
De la Real Academia de la Historia 





la última fase de una guerra de 

religión que duró ciento veinte 
años, con sus silencios relativos y sus 
intensidades alternadas... Relacionada 
con el éxito de la Contrarreforma, co- 
rresponde a la contraofensiva católica 
y a la resistencia de la Europa protes- 
tante (1). 

En efecto, aquella monstruosa con- 
flagración, que sin exagerar podríamos 
llamar Primera Guerra Europea, tuvo 
unos orígenes religiosos, con los cuales 
se mezclaron otros que acabaron por 
desnaturalizar la fisonomía del con- 
flicto conforme pasaba el tiempo y se 
extendía su área: desde el foco origl- 
nario de Bohemia, el incendio abrasó 
toda la Europa central y estuvo rela- 
cionado con otras guerras paralelas, 
originadas por motivaciones distintas, 
aunque relacionadas entre sí, for- 
mando un panorama tan confuso como 
complicado. 

Entre estos conflictos coetáneos 
mencionemos la interminable guerra 
que sostenía la Monarquía española 
con las Provincias Unidas, la que esta- 
lló entre España y Francia, con reper- 
cusiones dentro de la Península Ibéri- 
ca (levantamientos de Cataluña y 
Portugal) y, en el Este, la lucha entre 
Suecia y Polonia por el control del 
Báltico. 

El conjunto de estos conflictos arma- 
dos arruinó regiones enteras de Euro- 
pa, siendo a la vez causa y consecuen- 
cia de la crisis del siglo XVII, una 
crisis cuya realidad se impone contra 


I a Guerra de los Treinta Años es 


cualquier intento de soslayarla. Para 
simplificar y no perdernos en detalles 
prescindiremos de las guerras parale- 
las y secundarias y de las causas me- 
nos Operativas y nos ceñiremos al con- 
flicto central, que se desarrolló en sus 
cuatro actos como una tragedia, sin 
unidad de tiempo (1618-1648), de lu- 
gar (desde los Alpes al mar del Norte) 
ni de acción, aunque siguiendo ciertas 
directrices básicas que se mantienen a 
lo largo de todas las sinuosidades y re- 
pliegues de los acontecimientos y que 
influirán en la decisión final, en la re- 
dacción de los tratados de Westfalia. 
Podemos agruparlos en tres apartados: 
motivos religiosos, políticos y socioeco- 
nNÓMICOS. 


Causas religiosas 


Los motivos religiosos tiñeron 
fuertemente el conflicto, sobre todo en 
sus primeras fases, pero por sí solos no 
hubieran producido un estallido tan 
sangriento. La Paz de Augsburgo, de- 
cretada por el emperador Fernando l, 
hermano de Carlos V, en 1555, se ba- 
saba en el reconocimiento del lutera- 
nismo en un plan de igualdad con el 
catolicismo dentro de los límites del 
Imperio germánico. Se reconocía la li- 
bertad religiosa a los príncipes, no a 
los súbditos; éstos deberían someterse 
a la voluntad de su soberano, cuya re- 
ligión sería la única oficial y reconoci- 
da; a los disidentes sólo se les recono- 
cía el derecho al culto privado y a la 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 5 





emigración. Un artículo de dicha Paz 
(el 5.2) decía así: En cuanto un arzobis- 
po, obispo, prelado u otro sacerdote 
abandone la antigua religión (la católi- 
ca) deberá dejar inmediatamente su 
arzobispado, obispado, prelacía u otro 
beneficio con todas las rentas que lleva 
anejas. 

El caso se presentó, efectivamente, 
en más de una ocasión. La más grave, 
cuando el arzobispo de Colonia, Geb- 
hard Truchsess, abandonó el catolicis- 
mo y contrajo matrimonio según el 
rito luterano, pretendiendo al mismo 
tiempo conservar su cargo. La impor- 
tancia y riqueza del arzobispado y su 
proximidad a los Países Bajos daban 
especial gravedad a esta decisión; in- 
tervinieron las tropas españolas de 
Flandes y durante varios años se em- 
peñó una guerra que terminó en 1589 
con la rendición de la última de las 
fortalezas que poseía Truchsess y el 
reconocimiento del príncipe Ernesto, 
de confesión católica, como nuevo ar- 
zobispo. Este ejemplo ilustra acerca de 
cuán vivas se mantenían las discor- 
dias religiosas y cuán precario era el 
equilibrio establecido entre ambas 
confesiones. 

No sólo católicos y luteranos se man- 
tenían vigilantes, espadas en alto. 
Había un tercer factor que no había 
sido tenido en cuenta en la Paz de 
Augsburgo: el calvinismo, minoritario 
pero muy activo. Una serie de ciuda- 
des imperiales (verdaderas repúblicas 
independientes), algunas tan impor- 
tantes como Bremen, lo había abra- 
zado como religión oficial. También el 
Palatinado, estratégica región al oeste 
del Rin, en la vía que recorrían los 
ejércitos españoles desde el Norte de 
Italia hasta Flandes. Muchos proséli- 
tos hizo el calvinismo en Bohemia y 
Hungría, tierras imperiales. Al quedar 
excluido de la Paz de Augsburgo se 
convertía en un factor de inestabilidad 
y descontento. 

Por otra parte, en las cláusulas de 
dicha Paz subyacía la idea de estabili- 
zar las relaciones entre las dos confe- 
siones más poderosas, que seguirían 
odiándose pero mantendrían sus posl- 
ciones sin invadir las del adversario. 
De hecho (al contrario que el calvinis- 
mo) el luteranismo, muy subordinado 
a los príncipes temporales, se mostró 
conservador, poco expansivo y nada 
proselitista, como si se conformara con 
las conquistas realizadas. 


6 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


En cambio, la Iglesia católica reac- 
cionó con un dinamismo que no habían 
sospechado los reformadores que, con 
harta precipitación, habían vaticinado 
su ocaso. En el concilio de Trento 
(1545-1563) predominó la tendencia 
intransigente representada por los 
obispos y teólogos italianos y españo- 
les, cambiando el rumbo de aquella 
magna asamblea, que Carlos V había 
patrocinado como instrumento de 
concordia, hacia la ruptura definitiva 
con los movimientos reformadores. 

Cuando el concilio terminó sus ta- 
reas, ya estaba en plena ofensiva la 
Compañía de Jesús, el instrumento 
más eficaz de la Contrarreforma, utili- 
zaba técnicas novísimas, desconocidas 
por la anquilosada Iglesia tradicional; 
no olvidó ningún método, ningún fren- 
te de ataque, desde el tratado magis- 
tral a la cartilla para niños; colegios 
para la nobleza, ejercicios espirituales 
para la burguesía, misiones para el 
pueblo. Y como factor de prestigio. un 
desinterés y una rectitud personal que 
contrastaban con la mundanidad y co- 
rrupción del antiguo clero. 

Los jesuitas no podían ejercer su 
proselitismo en los Estados que eran 
oficialmente protestantes; su campo de 
acción preferente fueron los países ca- 
tólicos del Sur de Alemania, y en espe- 
cial los territorios patrimoniales de los 
Habsburgo: Austria, Bohemia, Hun- 
gría y otros menores, en los cuales, se- 
gún la fórmula consagrada en Augs- 
burgo (cuius regio, elus religio. (Quien 
domina el territorio, impone la reli- 
gión), los sucesores de Carlos V hubie- 
ran podido imponer el catolicismo 
como único culto autorizado, pero las 
circunstancias les forzaban a la tole- 
rancia porque su autoridad era preca- 
ria, y una gran parte de la nobleza, 
convertida al luteranismo y al calvinis- 
mo, hubiera podido romper sus vincu- 
los de fidelidad y vasallaje. 

Sin llegar a tal extremo, bastaba 
que aquellos nobles poderosos, con in- 
fluencia en sus Estados y en las Dietas 
o Parlamentos regionales, se mostra- 
ran reticentes en la concesión de ayu- 
das militares y pecuniarias para que 
los soberanos tuvieran que transigir, 
porque los enemigos que les amenaza- 
ban, sobre todo en la frontera con los 
turcos, eran temibles. 

Lo que los emperadores con su auto- 
ridad no podían conseguir lo obtuvo la 
militancia del clero católico: reconquis- 


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tar para la antigua fe grandes extensio- 
nes del Sur de Alemania. No obstante, 
al comenzar el siglo XVII, ciudades y 
provincias enteras de Bohemia y de 
Hungría eran de sólida mayoría protes- 
tante; una situación que a los débiles o 
escépticos emperadores del XVI les 
inclinaba a la moderación y la transi- 
gencia; virtudes difíciles de practicar 
en aquellos tiempos sombríos y revuel- 
tos, en los que paralelamente a las 
luchas religiosas se extendía por toda 
Europa la caza de brujas, que en un 
siglo causó quizá cien mil víctimas, seis 
o siete veces más que la Inquisición 
española en tres siglos de existencia. 
Basándose en esos principios de to- 
lerancia y de impotencia, el emperador 
Rodolfo II concedió a los protestantes 
bohemios en 1609 una Carta de Majes- 
tad que les aseguraba amplia libertad 
religiosa con la condición de que llega- 
ran a una unión. Pero las diversas con- 
fesiones protestantes —luteranos, cal- 





vinistas, hussitas, hermanos mora- 
vos— sólo se ponían de acuerdo en el 
odio a los católicos (2), y éstos, por su 
parte, se indignaron por tales concesio- 
nes. Estaba, pues, muy lejos de la pa- 
cificación el avispero bohemio, y en 
Hungría la situación no era mucho me- 
jor. Tal era el panorama cuando, en 
1617, Fernando de Estiria, discípulo 
de los jesuitas, que había recatolizado 
por medios violentos sus dominios pa- 
trimoniales, fue designado sucesor de 
Matías en el reino de Bohemia y la co- 
rona imperial. 


Causas políticas 

Sólo por un artificio lógico, en aras 
de la claridad expositiva, pueden diso- 
ciarse los motivos religiosos de los polí- 
ticos en la Alemania del XVI-XVII. 
Tan confusos eran los principios de 
Derecho Público por los que se regía, 
tan unidos a las cuestiones confesiona- 
les, que no es fácil presentar un pano- 
rama inteligible al lector actual de lo 
que era el laberinto alemán. Lo inten- 
taremos procediendo a simplificaciones 
ineludibles y sacrificando todo lo que 
no sea esencial. 

El Imperio germánico era una super- 
vivencia medieval sin analogía posible 
con los Estados que estaban desarro- 
llándose en Europa. Pufendorf lo cali- 
ficó de ¿rregulare aliquod corpus et 
monstro similem (3), pues no podía asl- 
milarse a ninguno de los modelos esta- 
tales clásicos. Era un conjunto de prin- 
cipados laicos y eclesiásticos y ciudades 
libres con unas rudimentarias institu- 
ciones comunes y un emperador, título 
más honorífico que efectivo. 

Aunque siguió llamándose Sacro 
Imperio, la división religiosa vació de 
significado este título; Carlos V fue el 
último emperador consagrado por un 
papa. Su idea central: restaurar la uni- 
dad religiosa y política de Alemania, 
terminó en un completo fracaso. Tam- 
poco había conseguido transmitir a su 
hijo Felipe la totalidad de su herencia; 
sus Estados patrimoniales de Austria, 
con el reino de Bohemia y lo poco que 
los turcos habían dejado subsistente 
del reino de Hungría fueron para su 
hermano Fernando. Desde entonces 
hubo una rama austríaca de los Habs- 
burgo, mucho más débil que la rama 
española, de la cual dependía de alguna 
manera y de la que recibía subsidios. 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 7 


Una parte de la plata americana iba 
a la corte de Viena (o de Praga, que 
también tenía rango de capitalidad) 
por intermedio de los embajadores es- 
pañoles. B. Chudoba ha puesto de ma- 
nifiesto cuán decisivo fue el papel del 
conde de Oñate en la génesis de la 
Guerra de los Treinta Años. No sólo fa- 
cilitó fondos, sino que él dispuso direc- 
tamente de ellos para la preparación 
de acciones bélicas (4). 

Esta dependencia de los Habsburgo 
austríacos no sólo se explica por los 
vínculos familiares y por el escaso re- 
lieve de los representantes de la dinas- 
tía; era también una consecuencia na- 
tural de su falta de autoridad, que los 
colocaba en el polo opuesto al poder 
absoluto de que Felipe II disfrutaba en 
sus Estados. 

No solamente los príncipes imperia- 
les, fuesen católicos o protestantes, 
eran opuestos a un poder imperial sóli- 
do que podía amenazar su independen- 
cia; incluso dentro de sus dominios 
patrimoniales su autoridad era contes- 
tada. La porción sur (Austria propia- 
mente dicha, Tirol, Carintia y Estiria) 
era la mejor controlada, pero en Hun- 
gría, donde la nobleza era en su mayo- 
ría protestante y el pueblo poco amigo 
de los alemanes, su autoridad era más 
bien ilusoria, contribuyendo a ello la 
amenazadora vecindad de los turcos, 
que dominaban la mitad del país y re- 
clamaban una especie de protectorado 
sobre la porción oriental (Transilva- 
nia). Sólo en la estrecha franja occi- 
dental, antemural de Viena, era efecti- 
vo el dominio imperial. 

A diferencia de Hungría, el reino de 
Bohemia-Moravia estaba integrado 
dentro del conjunto del Sacro Imperio. 
Varios emperadores mostraron su pre- 
dilección por él. Rodolfo II, por ejem- 
plo, residió casi constantemente en 
Praga. Pero, a la vez, Bohemia era una 
fuente continua de conflictos. Estaba 
muy celosa de sus viejas libertades, re- 
presentadas por un Parlamento con 
atribuciones para conceder o negar tri- 
butos. Su nobleza era poderosa e in- 
quieta. Situada en la frontera de dos 
razas, alemanes y eslavos convivían 
sin apreciarse en el suelo bohemio, y 
las divisiones religiosas acentuaban 
estas tensiones. No es, pues, de extra- 
ñar que allí saltara la chispa que hizo 
volar por los aires el polvorín. 

Una coyuntura tan difícil requería 
gobernantes con dotes que no poseían 


8 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 





los sucesores de Carlos V. Aunque el 
Imperio seguía siendo electivo, se 
mantuvo la tradición de que recayera 
en miembros de la familia Habsburgo. 
A Fernando, hermano de Carlos V, su- 
cedió Maximiliano Il (1564-1576), so- 
berano indeciso que no opuso ninguna 
barrera eficaz a la propagación del 
protestantismo. 

Muy distinto era el talante de Rodol- 
fo II (1576-1612), educado en España 
en los principios de la Contrarreforma. 
Pero con el correr de los años aumentó 
su tendencia a la misantropía y el re- 


- traimiento. Encerrado en el castillo de 


Hradcany (Praga), donde se rodeó de 
alquimistas y astrónomos, obsesionado 
por las ciencias ocultas, descuidó las 
tareas de gobierno, que al fin hubo de 
ceder a su hermano Matías, (1612- 
1619). Ni uno ni otro tuvieron sucesión 
directa. 

Sabido es cuán decisivas podían ser 


- las cuestiones dinásticas en el Antiguo 


Régimen. Cuando la nobleza bohemia 
tomó conciencia de lo que para su sta- 
tus político y religioso representaría el 
inminente advenimiento al trono del 
intransigente Fernando de Estiria, 
apoyado por España, decidió negar la 
obediencia a la dinastía católica y pro- 
clamar soberano al elector del Palati- 
nado Federico V, de confesión calvinis- 
ta. Ahora bien, España no podía 
consentir una evolución semejante, y 
no sólo porque se consideraba tutora 
de los Habsburgo alemanes y defenso- 
ra del catolicismo, sino porque el Pala- 
tinado estaba situado en la ruta impe- 
rial Milán-Flandes. 


Causas socioeconómicas 


A su vez, Francia no podía consentir 
que con pretextos religiosos España se 
apoderara de una comarca situada en 
su frontera Este, completando un ca- 
mino de ronda (la expresión es de G. 
Parker) que para ella significaba un 
verdadero cerco. De esta manera se 
preparaba la transformación de un 
conflicto religioso y accesoriamente po- 
lítico en otro político y secundariamen- 
te religioso, en el que el rasgo funda- 
mental no sería la contraposición 
Catolicismo-Protestantismo sino Bor- 
bones-Habsburgos. 

Más que las causas han llamado la 
atención de los historiadores las terri- 
bles consecuencias económicas de 





Federico V del Palatinado y su esposa 
(por Adriaen van der Venne, Rijksmuseum, 
Amsterdam) 


aquel conflicto. Existieron, sin 
embargo, aunque no sea tan fácil iden- 
tificarlas como a las religiosas y las 
políticas. 

No puede ser casual que su desenca- 
denamiento coincida con una fase rece- 
siva muy pronunciada. La crisis gene- 
ral del siglo XVIl no se deslizó por una 
pendiente uniforme, sino que traspuso 
una serie de umbrales o peldaños 
separados entre sí por espacios de 
unos veinte años: 1580, 1600, 1620, 
1640. La relación entre los comienzos 
de la Guerra de los Treinta Años y el 
escalón de 1620 (considerado como 
aquel en que la crisis se generaliza a 
todo el continente) parece más que 
probable. 

Pasando de las generalidades a los 
hechos concretos, nos hallamos una 
vez más ante la situación reinante en 
Bohemia: una población campesina 
enfrentada a la aristocracia terrate- 
niente; una baja nobleza cuya escasa 
capacidad económica la situaba en 
dependencia de la aristocracia o del 
soberano; una burguesía carente de 
fuerza política y de identidad nacional, 
mezcla de eslavos, germanos y judíos, 





incapaz de proporcionar programa y 
liderazgo a una posible revolución 
social. 

Dentro de este contexto se explica 
que la destrucción de la aristocracia 
protestante de Bohemia-Moravia como 
consecuencia de la guerra dejara indi- 
ferentes a las masas profundas de la 
población, aunque con ella también se 
hundieron el protestantismo y la li- 
bertad política del reino de san Wen- 
ceslao. 

Mucho más claras son las motivacio- 
nes económicas de la segunda fase de 
aquella guerra, se relacionan con el in- 
tento de España de provocar la asfixia 
comercial de Holanda en su punto más 
sensible: el comercio del Báltico (5). 
Esta tentativa fue la que provocó la ex- 
tensión del conflicto más allá de sus lí- 
mites primitivos, involucrando al reino 
de Dinamarca y provocando la ulterior 
intervención de Suecia. 

Pero estos desarrollos ulteriores 
del gigantesco conflicto caen fuera de 
los límites que nos hemos trazado. 
Tampoco es posible consagrar más 
que una mera alusión a otro de los 
factores socioeconómicos más desta- 
cados: la abundancia de aventureros, 
vagabundos, marginados de toda 
laya, incluyendo auténticos crimina- 
les, que se enrolan en los ejércitos (se 
da la cifra de cien mil para el que 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 9 


reclutó Wallenstein) y que fueron los 
responsables de los terribles sufri- 
mientos de una población entregada a 


las violencias de una soldadesca que 


no distinguía apenas entre amigos y 
enemigos. 


NOTAS 


(1) P. Chaunu, La ciuilisation de l'Europe 
classique, París, 1970, página 92. 


(2) G. Pagés, La Guerre de Trente Ans, 
París, 1949, página 40. 

(3) Organismo irregular y monstruoso 
(«De Jure Naturae et Gentium libri octo», 
1673). 

(4) España y el Imperio, Traducción espa- 
ñola, Madrid, 1962. 

(5) Aspecto estudiado con exhaustiva do- 
cumentación por José Alcalá-Zamora y 
Queipo de Llano en España, Flandes y el 
Mar del Norte (1618-1639), Barcelona, 
1975. 


Fases y principales 
Operaciones 


Por Geoffrey Parker 
Profesor de Historia Moderna. Ohio State University 


uando en octubre de 1619 Federi- 

co V del Palatinado entró en la 

ciudad de Praga y fue coronado 
rey de Bohemia por los Estados rebel- 
des, estaba a punto de caer atrapado 
en la tela de araña urdida por sus ene- 
migos católicos. 

La alianza entre el emperador, el 
rey de España, el duque de Baviera y 
los archiduques contaba con un respal- 
do generalizado. Llegaban subsidios de 
Roma y Génova, Toscana y Polonia en- 
viaban tropas e, igualmente peligroso, 
los Estados partidarios de la causa de 
Federico habían aceptado mantener 
una actitud neutral. La diplomacia 
española apartó a Inglaterra de la gue- 
rra, mientras que los esfuerzos france- 
ses convencieron a la Unión Evangéli- 


ca para que no se embarcara en la | 


aventura bohemia de su líder. La Re- 
pública holandesa tampoco hizo nada. 

Así, en 1620, un ejército español 
cruzó los Países Bajos y ocupó el Pala- 
tinado renano, al tiempo que los ejérci- 
tos del emperador y de la Liga Católi- 
ca, con contingentes españoles e 
italianos, invadían el solar de la rebe- 
lión. El 20 de diciembre, en la primera 
batalla significativa de la guerra, la 
Montaña Blanca, a las afueras de Pra- 
ga, las fuerzas de Federico fueron de- 


10 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 





rrotadas. El infortunado príncipe huyó 
hacia el Norte, abandonando a sus 
súbditos a la voluntad de su legítimo y 
victorioso monarca: el emperador Fer- 
nando ll. 

Fue una victoria total y podría ha- 
ber sido definitiva si no se hubiera 
complicado la situación en los Países 
Bajos. En abril de 1621 debía expirar 
la Tregua de los doce años entre Espa- 
ña y la República holandesa, sin que 
ninguna de las partes mostrara la me- 
nor disposición para renovarla. Así, 
con objeto de prevenir la amenaza de 
un ataque combinado de los Habsbur- 
go españoles y austríacos, los holande- 
ses decidieron conceder asilo al derro- 
tado Federico y proporcionarle ayuda 
diplomática y militar. 


El título de elector 


En 1622 y de nuevo en 1623, Federi- 
co armó ejércitos con dinero holandés, 
pero fueron derrotados y, aún peor, 
tras ser destrozados huyeron a los 
Países Bajos, siendo perseguidos por 
las fuerzas católicas. Empezó entonces 
a considerarse que era inevitable una 
invasión conjunta de la República por 
parte de los Habsburgo. 


La posición política del emperador, 
sin embargo, se debilitó considerable- 
mente a lo largo de 1623. Las impresio- 
nantes victorias de sus ejércitos en el 
campo de batalla habían sido posibles 
gracias al masivo apoyo financiero y 
militar de la Liga Católica, controlada 
por Maximiliano de Baviera. Fernando 
Il, a pesar de los subsidios españoles y 
del Papa, sólo podía mantener 15.000 
hombres a sus expensas, mientras que 
la Liga le proporcionaba unos 50.000. 
Ahora, vencidos todos los enemigos 
comunes, Maximiliano reclamaba su 
recompensa: eran las tierras y el título 
de elector del proscrito Federico del 
Palatinado. 





Christian IV de Dinamarca, 
uno de los reyes 
más ricos de la época 


El otro gran aliado de Fernando, Es- 
paña, advirtió sobre las graves conse- 
cuencias que acarrearía acceder a tal 
demanda. Pero en 1622 murió Balta- 
sar de Zúniga, el astuto ministro espa- 
ñol, y nadie en Madrid, y mucho me- 
nos el conde-duque de Olivares, su 
sucesor, tenía experiencia en asuntos 
alemanes, por lo que en enero de 1623 
el emperador se sintió capaz de proce- 


der a la investidura de Maximiliano 
como elector del Palatinado. 

Zúñiga estaba en lo cierto. La trans- 
ferencia del título de elector provocó 
un enorme escándalo, ya que era clara- 
mente inconstitucional. Según la Bula 
de Oro de 1356, considerada por todos 
en Alemania como la ley fundamental 
e inmutable del Imperio, el título de 
elector debía mantenerse a perpetul- 
dad en la casa del Palatinado. La 
transferencia de 1623 minaba, pues, 
seriamente la piedra angular de la 
Constitución, para muchos única sal- 
vaguarda verdadera contra el poder 
absoluto. 

Los políticos del siglo XVII (entre 
otros) estaban obsesionados por la ne- 
cesidad de respetar la ley: los estudios 
jurídicos constituían, después de la teo- 
logía, la carrera intelectual más gene- 
ralizada en Europa. Las implicaciones 
legales de la transferencia del título de 
elector fueron, por tanto, ampliamente 
discutidas y condenadas. 

En Alemania se inició una guerra de 
opúsculos contra Maximiliano y Fer- 
nando; en el extranjero, la simpatía ha- 
cia Federico sustanció, por fin, ese 
cuerpo internacional de apoyo del que 
había carecido hasta entonces. Los ho- 
landeses y los exilados del Palatinado 
no hallaron dificultades para estable- 
cer una alianza que involucraba a 
Francia, Inglaterra, Saboya, Suecia y 
Dinamarca con el objetivo de restaurar 
a Federico en sus tierras y títulos per- 
didos. Su líder era Christian IV de Di- 
namarca, uno de los gobernantes más 
ricos de la cristiandad, quien vislumbró 
una posibilidad de extender su influen- 
cia en Alemania septentrional con la 
excusa de defender la causa protestan- 
te. La invadió en junio de 1625. 

Desafortunadamente para Chris- 
tian, la campaña diplomática protes- 
tante no había pasado desapercibida. 
El comandante en jefe de Maximiliano, 
conde Tilly, advirtiendo que sus tropas 
podrían no ser suficientes para enfren- 
tarse a un ejército de coalición. pidió 
refuerzos al emperador. Fernando ac- 
cedió y, en la primavera de 1625, auto- 
rizó a Albrecht von Wallenstein, gober- 
nador militar de Praga, la recluta de 
un ejército imperial de 25.000 hombres 
para dirigirse al Norte a hacer frente a 
la amenaza danesa. 

El avance de Wallenstein forzó la re- 
tirada de Christian y cuando, en 1626, 
los daneses atacaron de nuevo fueron 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 11 


derrotados en la batalla de Lutter. Los 
ejércitos de Tilly y Wallenstein, uni- 
dos, persiguieron a los vencidos hacia 
el Norte. Primero, ocuparon las tierras 
de los gobernantes alemanes que ha- 
bían apoyado la invasión, después con- 
quistaron el solar danés. Christian fir- 
mó la paz en 1629, comprometiéndose 
a no intervenir nunca más en el Impe- 
rio. Hacía tiempo que sus aliados ha- 
bían abandonado la lucha. 

Si la batalla de la Montaña Blanca 
dejó a los rebeldes bohemios en las ga- 
rras del emperador, la de Lutter le en- 
tregó a los partidarios alemanes de 
esos rebeldes. Después de estas victo- 
rias, Fernando puso en práctica nue- 
vas directrices políticas orientadas a 
exaltar la religión católica y su propia 
autoridad. En las provincias habsbur- 
guesas se realizaron numerosas confis- 
caciones de tierra —aproximadamente 
dos terceras partes del reino de Bohe- 
mia cambiaron de manos entre 1620 y 
1630— y surgió una nueva clase de te- 
rratenientes leales, como Wallenstein. 
Al mismo tiempo se recortó el poder de 
los Estados y la libertad de culto para 
los protestantes fue restringida (en al- 
gunos territorios) o abolida (en la ma- 
yoría de ellos). 

Ni la importante rebelión que en 
Austria del Norte provocó la persecu- 
ción de los protestantes en 1626 consl- 
guió que Fernando cambiara de crite- 
rio. Fortalecido por su éxito en tierras 
habsburguesas, decidió aplicar esa 
misma política en el Imperio. Para 
empezar, los señores desleales fueron 
sustituidos (el Palatinado para Maxi- 
miliano; Mecklemburgo para Wallens- 
tein...). Después, se arbitraron medi- 
das para reclamar las tierras de la 
Iglesia que habían caído en manos 
protestantes. 

Al principio se hizo de forma poco 
sistemática, pero en marzo el Edicto 
de Restitución declaró unilateralmente 
que todas las tierras de la Iglesia secu- 
larizadas desde 1555 debían ser de- 
vueltas de inmediato, que el calvinis- 
mo era un credo ilegal en el Imperio y 
que los príncipes eclesiásticos tenían el 
mismo derecho que los seculares para 
exigir a sus súbditos que profesaran la 
misma religión de su soberano. 

Esta última cláusula contravenía 
claramente los términos de la Paz de 
Augsburgo que los protestantes consl- 
deraban pilar central de la Constitu- 
ción. No hubo, sin embargo, oportunil- 


12 /LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


dad para discutir, pues el edicto impe- 
rial entró en vigor inmediatamente y 
fue aplicado con brutalidad por los 
ejércitos de Tilly y Wallenstein, que 
ahora sumaban 200.000 hombres. 

Los habitantes del Imperio parecie- 
ron amenazados por un poder arbitra- 
rio contra el que no tenían defensa. 
Fue una vez más este miedo, hábil- 
mente explotado por los propagandis- 
tas protestantes, el que impidió el fin 
de la guerra en Alemania tras la de- 
rrota de Dinamarca en 1629. 

Maximiliano de Baviera deseaba el 
título de elector como recompensa por 
su ayuda a Fernando. España, por su 
parte, reclamaba ayuda militar contra 
los holandeses. Al no recibir respuesta 
a sus reiteradas peticiones de una in- 
vasión directa por los ejércitos católi- 
cos (debido fundamentalmente a la 
oposición bávara), España empezó a 
pensar en la creación de una marina 
báltica, con asistencia imperial, que 
limpiara ese mar de barcos holandeses 
y asestara un rudo golpe a la economía 
de la República. 

El plan no prosperó, pues en 1628 el 
ejército imperial no consiguió conquis- 
tar el puerto de Stralsund, selecciona- 
do como base de la nueva flota. Derro- 
tados los daneses, Madrid abogó de 
nuevo por el préstamo de un ejército 
imperial y esta vez la petición fue 
atendida. Sin embargo, las tropas no 
se dirigieron a los Países Bajos, sino a 
Italia. 

En diciembre de 1627, la muerte del 
último señor natural de los estratégi- 
cos Estados de Mantua y Montferrato 
provocó en Italia un peligro que los es- 
pañoles no podían ignorar y tentacio- 
nes que fueron incapaces de resistir. 
Para anticiparse a otras intervencio- 
nes, las fuerzas españolas lanzaron 
una invasión desde Lombardía, mien- 
tras las guarniciones de esos territo- 
rios se declaraban partidarias del du- 
que de Nevers, pariente francés del 
fallecido duque. 

Nevers carecía de recursos para en- 
frentarse en solitario a las fuerzas es- 
pañolas y solicitó ayuda a Francia. En 
ese momento, Luis XIII y Richelieu se 
hallaban ocupados en una lucha deses- 
perada contra sus súbditos hugonotes 
y, Sólo tras la derrota de éstos, pudie- 
ron el rey y el ministro cruzar el mon- 
te Cenis y entrar en Italia. 

Para responder a este reto, el empe- 
rador mandó sus tropas a Italia y no a 





los Países Bajos. 
Cuando en 1630 
Luis XIII dirigió 
una nueva inva- 
sión, 50.000 sol- 
dados imperiales 
estaban prepara- 
dos para hacerle 
frente. Quedaba 
así en tablas la 
guerra de Man- 
tua, pero libre de 
peligros la Repú- 
blica holandesa. 

Gustavo Adol- 
fo de Suecia, que 
se había pasado 
gran parte de 
la década en gue- 
rra contra Polo- 
nia, eligió este 
momento para 
iniciar su inter- 
vención en Ale- 
mania. Á pesar 
de la derrota de 
Dinamarca y sus 
aliados, su posl- 
ción bélica era 
mucho más favo- 
rable que la de 
Christian IV cin- 
co años antes. 

Gustavo no tenía ya que enfrentarse 
a dos ejércitos como Christian, sino 
sólo a uno, pues en verano de 1630 los 
católicos alemanes aliados del empera- 
dor, dirigidos por Maximiliano de Ba- 
viera, exigieron la destitución de Wa- 
llenstein y una reducción drástica de 
su costoso ejército. Fue un ultimatum 
que Fernando, con el grueso de sus 
fuerzas retenidas en Italia, no pudo ig- 
norar, aun a sabiendas de que perdía 
los servicios del único hombre capaz de 
retener las ganancias imperiales de la 
década anterior y de unir Alemania 
bajo una monarquía fuerte. 

En cambio, el emperador y sus alia- 
dos alemanes se mantuvieron unidos 
acerca del Edicto de Restitución: aquí 
no habría concesiones ni se restitul- 
rían las tierras arrebatadas. Por esta 
razón, los protestantes germanos se 
vieron abocados a los brazos de Suecia, 
cuyo ejército había aumentado gracias 
a la ayuda de los subsidios garantiza- 
dos por Francia y Holanda. 

En septiembre de 1631, Gustavo se 
sintió por fin con suficientes fuerzas 
como para medirse con el emperador en 





El cardenal Richelieu (por Philipe de Champaigne, 
Museo del Louvre, París) 


el campo de bata- 
lla: en Breiten- 
feld, al norte de 
Leipzig, en Sajo- 
nia, Consiguió 
una victoria to- 
tal. Las huestes 
sueco-protestan- 
tes recorrieron 
gran parte de 
Alemania central 
y Bohemia en el 
invierno de 1631- 
1632 y al siguien- 
te verano ocupa- 
ron Baviera. 

Un gran ejér- 
cito cruzó los Al- 
pes desde Lom- 
bardía y se unió 
a las fuerzas 
imperiales en la 
importante ba- 
talla de Nórd- 
lingen. Esta vez 
los suecos fue- 
ron vencidos por 
completo y se 
vieron obligados 
a retirar sus 
fuerzas de toda 
la Alemania 
meridional. 

¿Qué había perseguido Suecia con 
su dramática intervención? Cierta- 
mente le guiaba el deseo de defender 
la causa protestante en Alemania y de 
restaurar a los príncipes depuestos en 
sus tronos, pero, sobre todo, el temor 
de que si los protestantes resultaban 
derrotados, los imperiales pudieran 
convertir el Báltico en un lago habs- 
burgués e incluso invadir Suecia. 

El Gobierno de Estocolmo luchó, por 
tanto, para conseguir un acuerdo que 
atomizara el Imperio en un revoltijo de 
Estados débiles e independientes, 
incapaces de amenazar la seguridad de 
Suecia y su dominio del Báltico. Más 
aún, para garantizar esta fragmenta- 
ción, Oxenstierna deseaba transferir a 
su país la soberanía sobre algunas 
áreas estratégicas del Imperio —en 
particular, Pomerania, en la costa del 
Báltico, y el Electorado de Mainz, en el 
Rin—. Por supuesto, éstos no eran, en 
absoluto, los objetivos de los aliados 
alemanes de Suecia, quienes deseaban 
volver a la situación anterior a la gue- 
rra —donde por cierto no había lugar 
para Suecia— y estaban decididos 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 13 





para conseguirlo a llegar a un acuerdo 
por separado con el emperador. 

Tan pronto como se tuvo noticia de la 
muerte de Gustavo Adolfo, el elector de 
Sajonia, como el más destacado prín- 
cipe luterano del Imperio, mandó a 
Viena emisarios que negociaran la paz. 
Al principio, Juan Jorge se mostraba 
inflexible en cuanto a la necesidad de 
abolir el Edicto de Restitución y de ase- 
gurar una completa amnistía para 
todos como condiciones previas a cual- 
quier acuerdo. Pero la victoria imperial 
en Nórdlingen suavizó sus demandas. 

Desapareció la amnistía para Fede- 
rico V y aceptó que el Edicto se aplica- 
ra a todas aquellas áreas recuperadas 
por las fuerzas católicas antes de no- 
viembre de 1627 (esto significaba, en 
términos generales, todas las tierras al 
sur del Elba, pero no el corazón de las 
tierras luteranas: Sajonia y Brandem- 
burgo. 

El elector habría estado dispuesto a 
mayores concesiones si en el invierno 
de 1634-1635 las tropas francesas no 
hubieran empezado a concentrarse a lo 
largo de las fronteras con Alemania. 
Como observó el nuncio papal en Vie- 
na: Mentre si: vedono entrare nella Ger- 
manita 1 Franzes:, l'imperatore sara 
forzato ad abbraciar la pace con Sasso- 
nia con quelle conditione che potrá (Si 
los franceses entran en Alemania, el 
emperador se verá forzado a aceptar la 
paz con Sajonia en las condiciones que 
pueda). 

Así se firmó la paz de Praga entre el 
emperador y los sajones, en mayo de 
1635, y en el plazo de un año muchos 
luteranos alemanes cambiaron la 
alianza con Estocolmo por la de Viena. 
Pero ello no significó el fin de la guerra. 

Este acuerdo llevó a muchos alema- 
nes a buscar una paz general. Cierta- 
mente, el agotamiento de muchas áreas 
del Imperio era un poderoso incentivo 
para terminar la guerra. Por ejemplo, 
la población del Estado luterano de 
Wurttemberg, ocupado por los imperia- 
les entre 1634 y 1638, disminuyó de 
450.000 a 100.000 habitantes y las pér- 
didas materiales se estimaron en 34 
millones de táleros. 

Mecklemburgo y Pomerania, ocupa- 
dos por los suecos, habían sufrido en la 
misma proporción. Incluso una ciudad 
como Dresde, que no fue asediada, vio 
cómo su balance demográfico pasaba 
de 100 entierros por cada 121 bautis- 
mos en la década de los veinte a 100 


14 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


entierros por cada 39 bautismos en la 
de los treinta. 

Durante una visita a Alemania en 
1636, William Harvey, el médico inglés 
que descubrió la circulación de la san- 
gre, escribió sobre la necesidad que tie- 
nen aquí de firmar la paz bajo cual- 
quier condición, pues no hay más 
medios para hacer la guerra y escasean 
las subsistencias... Esta guerra en Ale- 
mania... amenaza al final con anar- 
quía y confusión. 

Hubo varios intentos de convertir la 
paz de Praga en un acuerdo general. 
Durante una reunión de electores cele- 
brada en Regensburgo en 1636-1637, 
Fernando Il aceptó conceder su perdón 
a cualquier príncipe que se le sometie- 
ra y prometió iniciar conversaciones 
con las potencias extranjeras para tan- 
tear los términos de la paz, aunque su 
muerte, ocurrida inmediatamente des- 
pués de la reunión, abortó esas inicia- 
tivas. También resultaron vanos los 
esfuerzos del papa Urbano VIII por 
convocar una conferencia de paz en 
Colonia. 

Entonces, en 1640, el nuevo empera- 
dor Fernando IÍÍ reunió a la Dieta Im- 
perial (por vez primera desde 1613) 
para buscar, al menos, solución a los 
problemas alemanes: la amnistía y la 
restitución de las tierras de la Iglesia. 
No tuvo éxito y tampoco pudo impedir 
que, primero, Brandemburgo (1641) y, 
luego, Brunswick (1642) firmaran la 
paz por separado con Suecia. La difi- 
cultad de estos intentos de paz estriba- 
ba en que ninguno resultaba aceptable 
para Francia y Suecia y que, sin ellas, 
no podía establecerse ningún acuerdo 
duradero. 

Después de la paz de Praga se pro- 
dujo un cambio en la naturaleza de la 
Guerra de los Treinta Años. De una lu- 
cha que enfrentaba principalmente al 
emperador con sus propios súbditos y 
que contaba con alguna ayuda extran- 
jera, se pasó a una lucha del empera- 
dor contra gobernantes extranjeros, 
cuyos partidarios alemanes eran, en su 
mayoría, escasos en número y de re- 
cursos limitados. 

Suecia, como se ha indicado más 
arriba, tenía objetivos muy claros y 
consistentes para participar en la gue- 
rra: asegurarse algunas bases en el 
Imperio, como garantía de su influen- 
cia en la era posbélica y como recom- 
pensa por acudir en ayuda de los protes- 
tantes, y crear un sistema de fuerzas en 


Avance de las tropas de Wallenstein hacia Eger 
—actual Cheb, Bohemia— al comienzo de la 
Guerra de los Treinta Años (por Piloty, La 
Ilustración Artística, 1896) 


Alemania que impidiera para siempre 
el dominio de un solo poder. 

Si se conseguían estos propósitos, 
Oxenstierna estaba dispuesto a reti- 
rarse. En este sentido había manifes- 
tado: Debemos dejar este negocio ale- 
mán a los alemanes, que serán los 
únicos capaces de obtener algún benefi- 
cio (si es que lo hay) y, por tanto, no 
gastar más hembres ni dinero, sino 
tratar por todos los medios de escabu- 
llirnos hábilmente. 

¿Cuál era la mejor forma de alcan- 
zar estos objetivos? Al principio, 
Oxenstierna intentó organizar una 
asociación de Estados protestantes, 
bajo protección sueca, que pudiera en- 
tablar negociaciones con el emperador. 
Pero la Liga de Heilbronn, como se la 
conoció, no sobrevivió a la batalla de 
Nórdlingen y a la paz de Praga. Se 
hizo necesario encontrar una fuente 
alternativa de apoyo y la única posible 
era Francia. 

En febrere de 1636, Oxenstierna fir- 
mó un acuerdo con Richelieu, primer 





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ministro de Luis XIII, y en octubre 
Francia declaró la guerra al empera- 
dor. Sin embargo, los objetivos de los 
aliados eran completamente distintos. 
Richelieu estaba profundamente invo- 
lucrado en un conflicto contra los 
Habsburgo españoles —la declaración 
formal de guerra se hizo en mayo de 
1635, el mismo mes de la paz de Pra- 
ga— y esa lucha le importaba muchísi- 
mo más. 

Francia deseaba derrotar a España, 
su rival durante un siglo, y sus prime- 
ras campañas en Alemania pretendían 
impedir que Fernando enviara ayuda a 
sus primos españoles antes que impo- 
ner una solución borbónica en ese país. 

Al principio, Suecia evitó un com- 
promiso firme con Francia para dejar 
expedito el camino a una paz por sepa- 
rado si la situación militar mejoraba 
tanto que permitiese el logro de sus 
objetivos. Pero la guerra no discurría 
en favor de los aliados. Las fuerzas 
francesas y suecas, operando cada una 
por su lado, fracasaron en su intento 
de invertir el veredicto de Nórdlingen 
y, en 1641, Oxenstierna tuvo que 
abandonar sus pretensiones de inde- 
pendencia y comprometerse con Fran- 
cia. Por el tratado de Hamburgo am- 
bos bandos aceptaban no firmar una 
paz por separado. En cambio se propl- 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 15 





ciaría una negociación conjunta con el 
emperador y los príncipes alemanes en 
las ciudades de Múnster y Osnabrick, 
en Westfalia. Mientras estas conversa- 
ciones tenían lugar se realizarían ac- 
ciones militares conjuntas. 

El tratado de Hamburgo creó una 
coalición capaz de destruir tanto el po- 
der de Fernando III (que había sucedi- 
do a su padre como emperador en 
1637) como el de Maximiliano de Ba- 
viera. Al final, Francia atacó a Baviera 
y Suecia se enfrentó con el emperador, 
aunque con un considerable intercam- 
bio de fuerzas y una estrategia cuida- 
dosamente coordinada. 

En 1642, el ejército de los Habsbur- 
go fue derrotado en Sajonia, en otra 
batalla en las afueras de Leipzig, y el 
emperador se salvó de una derrota ma- 
yor gracias al estallido de la guerra en- 
tre Suecia y Dinamarca (mayo de 
1643-agosto de 1645). Pero, incluso an- 
tes de la rendición de Dinamarca, los 
suecos volvieron a Bohemia y en Jan- 
kow (6 de marzo de 1645), destruyeron 
por completo a otro ejército imperial. 

El emperador y su familia huyeron a 
Graz mientras los suecos avanzaban 
hacia el Danubio y amenazaban Viena. 
Se enviaron también refuerzos para 
auxiliar la campaña francesa contra 
Baviera y, en agosto, las fuerzas de 
Maximiliano fueron derrotadas defini- 
tivamente en Alerheim. 

Jankow y Alerheim fueron dos de 
las batallas decisivas de la guerra, por- 
que destruyeron todas las posibilida- 
des imperiales de obtener un acuerdo 
de paz favorable. En septiembre de 
1645, el elector de Sajonia firmó una 
paz separada con Suecia y, tal como 
habían hecho Brandemburgo y Bruns- 
wick, se retiró de la guerra. Mientras 
tanto, en la conferencia de paz que 
ahora celebraba sus sesiones en West- 
falia, la delegación imperial comenzó a 
hacer mayores concesiones. Oxenstier- 
na observó con satisfacción que, desde 
Jankow, el enemigo empieza a hablar 
más educada y agradablemente. Con- 
fiaba en que la paz estaba a la vuelta 
de la esquina, pero se demoró otros 
tres años. 


Firmar la paz, 1648 


Ciento noventa y cuatro gobernan- 
tes europeos, grandes y pequeños, es- 
tuvieron representados en el Congreso 


16 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


de Westfalia y las conversaciones se 
desarrollaron sin interrupción desde la 
primavera de 1643 hasta el otoño de 
1648. Con tantos participantes y tan 
prolongadas negociaciones es difícil re- 
sumir su evolución, pero podría afir- 
marse que los problemas más relevan- 
tes se plantearon en dos fases. En la 
primera, que duró desde noviembre de 
1645 a junio de 1647, el jefe de la dele- 
gación imperial, conde Maximiliano 
Trauttmannsdorf, halló solución para 
muchas cuestiones. Durante la segun- 
da, que se desarrolló hasta la firma 
efectiva de los tratados de paz en octu- 
bre de 1648, Francia intentó boicotear 
los acuerdos a los que se había llegado 
previamente. 

Los asuntos propiamente alemanes 
se resolvieron primero, en parte, por- 
que estaban ya en vías de solución y, 
en parte, porque los negociadores ex- 
tranjeros comprendieron que era mejor 
(en palabras del delegado francés) co- 
locar primero sobre la mesa las cues- 
tiones relacionadas con la paz pública 
y las libertades del Imperio... porque sl 
los gobernantes alemanes todavía no 
desean verdaderamente la paz, sería... 
lesivo para nosotros que las nego- 
craciones se romplieran a causa de 
nuestras demandas particulares. 

Así, en el curso de 1645-46, con la 
ayuda de la mediación francesa y sue- 
ca, se garantizó a los señores territo- 
riales un amplio grado de soberanía 
(Landeshoheit), se proclamó una am- 
nistía general para todos los príncipes 
alemanes, se creó un octavo electorado 
para el hijo de Federico V (para que 
tanto él como Maximiliano poseyeran 
la codiciada dignidad), se abandonó de- 
finitivamente el Edicto de Restitución 
y se garantizó la tolerancia oficial para 
el calvinismo en el Imperio. 

Estos dos últimos puntos fueron mo- 
tivo de agrias discusiones y provocaron 
la escisión en dos bloques de los repre- 
sentantes alemanes en el Congreso: el 
corpus catholicorum y el corpus evan- 
gelicorum. Ninguno era monolítico ni 
estaba completamente unido y, de he- 
cho, los católicos se dividieron entre 
los que estaban dispuestos a hacer ma- 
yores concesiones en favor de la paz y 
los que no lo estaban. 

Una coalición de protestantes y ca- 
tólicos pragmáticos consiguió por fin 
que se aceptase una fórmula que reco- 
nocía como protestantes todas aquellas 
tierras en manos seculares desde el 1 


Gustavo Adolfo 
de Suecia 
(retrato ecuestre 
hacia 1630, 
obra atribuida 
a Albert Cuyp) 





LA GUERRA DE LOS TREINTA ANOS / 17 





de enero de 1624 y garantizaba la 
libertad de culto a las minorías reli- 
glosas donde éstas hubieran existido 
desde la misma fecha. El acuerdo de 
Augsburgo de 1555 quedaba así com- 
pletamente arrumbado y se convino 
que cualquier cambio en la nueva fór- 
mula sólo podría ser adoptado 
mediante el acuerdo amigable del blo- 
que protestante y del católico. No bas- 
taría, por tanto, una mayoría simple. 

El acuerdo amigable fue aceptado 
finalmente por todas las partes a 
principios de 1648, con lo que se 
resolvieron los problemas alemanes. 
(Jue éste no produ- 
jera una paz inme- 
diata se debió a la 
dificultad de satis- 
facer a las poten- 
cias extranjeras 
involucradas. 
Aparte de Francia 
y Suecia, los dele- 
gados de la Repú- 
blica holandesa, de 
España y otros 
muchos particl- 
pantes en la gue- 
rra pugnaban por 


asegurarse el 
mejor resultado 
posible. 


La guerra en los 
Países Bajos fue la 
primera en terml- 
nar. En enero de 
1648, Felipe IV de 
España firmó una 
paz que reconocía 
la independencia 
de la República 
holandesa y aceptaba liberalizar el 
comercio entre los Países Bajos y el 
mundo ibérico. El Gobierno francés, 
dirigido ahora por el cardenal Giulio 
Mazzarini (lo Mazarino), se opuso 
agriamente a este acuerdo que permli- 
tiría a España desplegar sus fuerzas 
en los Países Bajos contra Francia, de 
modo que dedicó sus mejores esfuer- 
zOSs a perpetuar la guerra en Alema- 
nia. Aunque Mazarino había ya fir- 
mado un acuerdo preliminar con el 
emperador en enero de 1646, por el 
que se entregaba parte de Alsacia y 
de Lorena a Francia, en 1647-48, otro 
ejército bávaro fue destruido en Zus- 
marshausen, cerca de Nórdlingen, y 
las tierras de Maximiliano fueron 
ocupadas de nuevo. 


18 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


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Albrecht von Wallenstein 


Pero dos sucesos desbaratarían los 
deseos de Mazarino de seguir luchando. 
Por un lado la presión de la guerra 
sobre los contribuyentes franceses creó 
tensiones que, en junio de 1648, esta- 
llaron en la revuelta de La Fronda. Por 
otro, el gran aliado de Francia, Suecia, 
firmó una paz por separado con el 
emperador. 

El Gobierno de Estocolmo, todavía 
dirigido por Oxenstierna, recibió el 
ofrecimiento de media Pomerania, la 
mayor parte de Mecklenburgo, los 
obispados secularizados de Bremen y 
Verden, un asiento en la Dieta Impe- 
rial y el compromi- 
so por parte de los 
territorios del Im- 
perio del pago de 
cinco millones de 
táleros al ejército 
sueco en concepto 
de salarios atrasa- 
dos. 

Con unas ganan- 
cias tan sustancio- 
sas y con una 
Alemania tan pos- 
trada que elimina- 
ba cualquier riesgo 
de un nuevo ata- 
que imperial, ha- 
bia llegado el 
momento de esca- 
bullirse hábilmente 
de la guerra. Así 
pues, la paz se fir- 
mó el 6 de agosto. 

Sin Suecia, Ma- 
zarino se dio cuen- 
ta de que Francia 
necesitaba firmar 
la paz a la primera oportunidad, e 
informó a sus representantes en el 
Congreso: Es casi un milagro que po- 
damos mantener nuestros asuntos e 
incluso hacerlos prosperar, pero la 
prudencia dicta que no debemos con- 
fiar en que este milagro dure mucho 
tiempo. 

Mazarino negoció con el emperador 
a cambio de la entrega de una serie de 
derechos y territorios en Alsacia y Lo- 
rena y poco más. Sin embargo, podía 
darse por satisfecho. Cuando la tinta 
se secó en el tratado final del 24 de oc- 
tubre de 1648, el emperador estaba fir- 
memente excluido del Imperio y había 
jurado no proporcionar más ayuda a 
España. Mazarino podía dedicarse a 
ganar su guerra contra Felipe IV. 


Sir G 





La derrota de España 





Por José Alcalá-Zamora 
Catedrático de Historia Moderna. Universidad Complutense de Madrid 


scaso y confuso, si no equivocado, 
Hi: el conocimiento que se suele 

tener en nuestro país sobre la in- 
tervención española en la Guerra de 
los Treinta Años, probablemente la 
más compleja y asoladora de la histo- 
ria europea. Y, sin embargo, ese perío- 
do, durante el que culmina, influyente 
y cosmopolita, la obra cultural de Es- 
paña, fue, como la encrucijada del 711, 
como las tempestades del 1808 o del 
1936, de un máximo dramatismo y 
trascendencia para la biografía de la 
Península Ibérica. Porque significó el 
tiempo de la derrota y, casi paradójica- 
mente el de la salvación respecto a la 
catástrofe absoluta que pudo ser. 

La confusión comienza, por lo que 
atañe al conjunto de Estados ibéricos, 
Italianos y centroeuropeos que conoce- 
mos bajo el nombre de Monarquía his- 
pana, desde la misma definición crono- 
lógica y sigue con la medida de la 
amplitud geográfica que se asigne al 
conflicto, concluyendo con el diagnósti- 
co de su alcance socieconómico, políti- 
co, científico e ideológico. 

Pues existe una guerra en la Europa 
central con unos perfiles políticos y re- 
ligiosos concretos, que transcurre de 
1618 a 1648, y en la que España parti- 
cipa entre otros muchos contendientes, 
y otra guerra de bastante mayor en- 
vergadura, en el tiempo, los plantea- 
mientos y los objetivos y por sus hori- 
zontes mundiales. Es en esta segunda 
guerra donde nuestra Monarquía de 
los Felipes vio hundirse su sol hegemó- 
nico y en ella anduvieron a pique de 
zozobrar el futuro cultural de los pue- 
blos hispánicos —con las amenazas de 
pérdida para las Iberias ultramari- 
nas— y la propia integridad nacional, 
mermada, no obstante, con la separa- 
ción portuguesa. 

En primer término, tras el breve pa- 
réntesis de relativo pacifismo durante 
la segunda mitad del reinado de Felipe 
III, la contienda abarca para nuestro 
país no treinta, sino cuarenta años, 
dándole fin la batalla de Dunkerque y 





la subsiguiente Paz de los Pirineos. 
Pero, siempre para España, en reali- 
dad se trata de lo que pudieramos de- 
nominar la gran guerra del Norte, des- 
de 1568, cuando se alzan los Países 
Bajos a 1658: estrictamente, guerra de 
los noventa años, con casi incesante lu- 
cha en aquellas partes y por toda la 
Tierra, desde el Pacífico o las Indias 
orientales hasta Africa, el Caribe o el 
Mediterráneo. 

Esta imagen ampliada del conflicto 
nos ayuda a situar la posición hispana 
en unas coordenadas más comprensi- 
bles, sobre todo si procurásemos enten- 
der la intervención madrileña hasta el 
punto de preguntarnos, en contradic- 
ción respecto a lo que se nos suele in- 
culcar, si no respondió antes a la vo- 
luntad de supervivencia política y 
económica que a los dictados de una 
proyección hegemónica intolerante y 
exclusivista. 

No deja, en efecto, de resultar cómo- 
do, aunque también engañoso, acoger- 
se a la aplicación de fáciles recetas de 
signo dialéctico, tan pretenciosas cuan- 
to a menudo prematuras y por ello es- 
tériles, donde vemos oponerse los sue- 
ños medievales al rumbo de la 
modernidad, el orden feudal al empuje 
del capitalismo burgués o la tiranía 
política y religiosa al espíritu ascen- 
dente de tolerancia y libertad, concep- 
tos todos operativos si no se atribuye- 
sen, en perjuicio habitual de España, 
con criterios nacionalistas, simplifica- 
dores y maniqueos. 


Origen y causas de la 
intervención española 


La guerra de 1618-1648/58 repre- 
senta para España, según acabamos 
de ver, la fase final de su guerra de los 
noventa años. Tampoco la lucha en el 
corazón germánico del continente mo- 
nopoliza los intereses geoestratégicos 
de la Monarquía hispana, los cuales 
exigen que extendamos el teatro de 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 19 








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Justino de Nassau entrega las llaves de la ciudad de Breda 
a Ambrosio de Spínola, jefe de los tercios españoles, 
episodio que se inscribe en el marco general 
de la Guerra de los Treinta Anos 
(detalle central de Las Lanzas, 

por Velázquez, Museo del Prado, Madrid) 


20 / LA GUERRA DE LOS TREINTA ANOS 





operaciones a dos escenarios mucho 
más anchos: por un lado, Europa ente- 
ra y sus mares; por el otro, los hori- 
zontes planetarios del mundo colonial 
y mestizo en crecimiento. 

La primera y limitada perspectiva, 
favorecida por el peso de la común his- 
toriografía europea, gala y alemana en 
particular, hace ver a españoles com- 
batiendo —por seguir la periodización 
tradicional— contra alemanes, dane- 
ses, suecos y franceses..., mientras las 
otras dos ofrecen la lucha decisiva por 
el dominio del planeta —que ganarán 
los septentrionales del viejo mundo y 
del nuevo— entre el gigante holandés 
—esporádicamente, ahora, Inglate- 
rra— y los Imperios ibéricos de las In- 
dias orientales y occidentales. 

Como suele suceder, es en la etapa 
de pacifismo, más o menos sincero y 
efectivo, que vive el sistema europeo 
de potencias durante la segunda déca- 
da del siglo cuando germinan o se de- 
sarrollan las fuerzas que pronto de- 
sencadenarían el terrible período 
bélico. 

En medio de la grave crisis económl- 
ca y social, que en España manifies- 
tan, por ejemplo, el Quijote o el alud de 
literatura arbitrística, y mientras un 
nuevo universo de pensamiento y cien- 
cia nacía vigorosamente, los jinetes de 
la guerra aprestaban, aquí y allá, sus 
cabalgaduras, ansiosos de reanudar la 
devastación conseguida en las décadas 
anteriores. Unos por ambición otros 
por razón de Estado o principios, los 
más de cuantos en Europa poseían al- 
guna capacidad de decisión, se prepa- 
raban para la guerra que convertirían 
en expresión máxima del horror de la 
misma. 

Cinéndonos al caso español, tal vez 
fuese el desengaño respecto a la políti- 
ca, administración y realizaciones del 
grupo pacifista en el poder, encabeza- 
do por Lerma, lo que propiciara la en- 
trada en guerra de Madrid en 1618 — 
compromiso e intervención en el 
Imperio germánico— y 1621 —reanu- 
dación de las hostilidades contra Ho- 
landa—. 

Porque las claudicaciones exterio- 
res, como la Paz de Asti (1615), que 
transformó un triunfo militar en 
derrota diplomática, el fracaso ev1- 
dente para los intereses ibéricos de la 
Tregua de los Doce Años, el desmoro- 
namiento paulatino de la estructura 
imperial del Indico portugués, el auge 


del corso berberisco, el total malogro 
en la apremiante empresa de la res- 
tauración material de España y poten- 
ciación de sus fuerzas navales, etcé- 
tera, adelantaban, día tras día, al 
partido —Onate, Osuna, Bédmar, 
Gondomar, Villafranca, Zúñiga, Oli- 
vares...— de quienes, polarizando el 
descontento o la frustración, contem- 
plaban el objetivo indiscutible de la 
conservación de la Monarquía bajo los 
planteamientos enérgicos que podría- 
mos definir como política de reputa- 
ción, O, diríamos hoy, dignidad y pres- 
t1g10. 

En buena medida, desde los resortes 
del poder periférico y provincial —vi- 
rreinatos, embajadas— de la gran Mo- 
narquía filipina, mediante un proceso 
solapado de toma de los mecanismos 
de decisión que se acelera a partir de 
1617 y culmina, cinco años después, 
con el afianzamiento de Olivares, con- 
suman los reputacionistas, sin prisas 
ni estridencia, un auténtico golpe de 
Estado. 

La política italiana de Osuna, desde 
el Sur, y Villafranca, por el Norte, y el 
tratado secreto que el 20 de marzo de 
aquel año ajusta Oñate con los Habs- 
burgo de Viena, involucrando a Felipe 
III en el avispero germánico, con la 
idea de neutralizar las amenazas la- 
tentes en aquel flanco para los domi- 
nios españoles, desembocarán de modo 
casi inevitable en esas guerras cuya 
responsabilidad muchos atribuyen in- 
documentadamente a Olivares. 


La guerra y el programa del 
conde-duque 


En 1620, los abundantes recursos fi- 
nancieros y tropas del Habsburgo ma- 
drileño imponen su ley a las pretensio- 
nes del príncipe palatino y sus aliados, 
quienes caen vencidos en Praga y el 
Bajo Palatinado, cuya conquista por 
Spínola alarga hasta el Rin la frontera 
del País Bajo español, con dominio de 
los mejores territorios de Europa. Las 
dos ramas —rica y pobre— de la Au- 
gusta Dinastía austriaca están próxl- 
mas a un triunfe arrollador, del que 
sólo parecen separarlas operaciones 
menores de limpieza. 

Fue entonces, cercano el término de 
la tregua con España, cuando los ho- 
landeses, regidos por el partido goma- 
rista y el príncipe Mauricio, eligieron, 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 2] 


advirtiéndose en grave peligro, la sen- 
da de la guerra, que provocaron con re- 
petidos incidentes que prácticamente 
imponían a Madrid una respuesta con- 
sonante. 

El enfrentamiento con Holanda 
abrirá innumerables frentes ofensivos 
y defensivos a la Monarquía hispánica, 
saturando la capacidad financiera, de- 
mográfica y logística de ésta poco a 
poco y debilitando, desde luego, su ac- 
ción centroeuropea en apoyo de Viena, 
debido a los ingentes recursos econó- 
micos, técnicos y marítimos de aquella 
República. 

La lucha titánica entre las Provin- 
cias Unidas y España protagoniza, a 
mi juicio, el período de la Guerra de los 
Treinta Años, aunque otro palsaje se 
nos muestre en los manuales; ambos 
colosos, con dos concepciones distintas 
—aunque no siempre radicalmente 
opuestas— de la economía, la sociedad 
y el gobierno, resultarán a la postre 
extenuados, para beneficio de nuevas 
potencias, Francia e Inglaterra en pri- 
mer lugar. 

Cuando al fin Olivares pudo situar- 
se en puesto preferente dentro del 
complejo mecanismo de poder que go- 
bernaba la Monarquía, se encontró a 
una España enflaquecida por serios 
trastornos socioeconómicos, con una 
administración deficiente de los recur- 
sos y embarcada en dos guerras de 
magnas proporciones. 

De inmediato, el flamante valido 
concebiría un programa de doble pro- 
yección, con una vertiente reformista 
—la primera importante de los tiem- 
pos modernos españoles—, o restaura- 
dora, de múltiples facetas, en el enfo- 
que interno, y otra dirigida al 
fortalecimiento y racionalización del 
Estado en su actuación internacional, 
vinculando ésta, además de a los prin- 
cipios tradicionales de conservación y 
reputación, al concepto básico de au- 
tarquía, o idea de independencia políti- 
ca y autosuficiencia económica del Im- 
perio hispánico respecto a las 
injerencias Oo amenazas de las burgue- 
sías nórdicas. 

A despecho de obstáculos crecientes 
y zozobras, el hecho es que la maqui- 
naria militar española funcionó satis- 
factoriamente durante los primeros 
años de la guerra, logrando éxitos es- 
pectaculares como el de Breda, 1625, 
con la derrota casi simultánea de los 
holandeses aquende y allende el Océa- 


22 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


no, los franceses y los ingleses, mien- 
tras fracasaba la coalición danesa y los 
ejércitos de la Augusta Casa triunfa- 
ban en Alemania. 

Sin embargo, el conde-duque, cons- 
ciente de la capacidad de resistencia 
enemiga, que todavía aplazaba y enca- 
recía sobremanera la probable victoria 
final, se determinó a soluciones enér- 
gicas para los mayores problemas: 1) 
sumisión de la tenacidad holandesa 
mediante el cambio a la guerra ofen- 
siva por mar y defensiva por tierra, la 
insistencia en la guerra económica y 
la cooperación estratégica de las tro- 
pas austríacas; 2) relevo de los gravo- 
sos banqueros genoveses por sefardi- 
tas en las finanzas estatales; 3) 
igualdad tributaria, en hombres y 
dinero, de todos los reinos de la 
Monarquía, hermanados en expectati- 
vas e ideales; 4) constitución de un eje 
austro-hispano-polaco capaz de disci- 
plinar a las potencias protestantes y 
de imponer un orden europeo que 
garantizase los objetivos autárquicos 
de la Monarquía hispánica. 


De la defección alemana al 
desastre naval 


La inminente victoria total de las ar- 
mas habsburguesas en 1626 casi de 
pronto se disolvió en sombras de sueño 
fallido y desengaño barroco, que hasta 
1633 produjeron una etapa de incerti- 
dumbre agobiante para Viena y Ma- 
drid. Cuando potencias del rango de 
Inglaterra o Francia andaban vencidas 
o a la deriva aún, ¿por qué tan repen- 
tina y apocalípticamente usamos el vo- 
cablo, a la sazón de moda, mudanza? 

Sin duda, la inteligencia, recursos y 
voluntad de supervivencia de la Repú- 
blica holandesa; luego, el semifracaso 
del recambio hebreo en los engranajes 
financieros; acto seguido, la captura 
parcial, por primera vez, de una flota 
de Indias, cerca de La Habana, con 
descalabro del tesoro español y enrl- 
quecimiento correlativo de Amster- 
dam; consecuencia de lo anterior, de- 
sórdenes y retroceso militar en el 
Norte; en fin, la desastrosa guerra de 
Mantua, en medio de la peste de Mi- 
lán, la encrucijada del sistema de co- 
municaciones hispano. 

(Quiero subrayar otra causa de no in- 
ferior trascendencia, casi siempre rele- 
gada en los libros y que, además, segu- 


Representación ecuestre del conde-duque de 
Olivares (grabado de la obra Origen y dignidad 
de la caza, por Juan Mateos, Madrid, 1634, 
Biblioteca Nacional, Madrid) 


ramente postergó doscientos años el 
proceso de unificación nacional del 
pueblo germano. Se trata de la reticen- 
te y tortuosa conducta de Wallenstein, 
requerido por Madrid y Bruselas para 
la adopción de una estrategia más 
agresiva respecto al Báltico y Holanda. 
La Alemania vinculada a Viena recela- 
ba del excesivo engrandecimiento es- 
pañol y el resultado de sus vacilacio- 
nes se cosechó en el sitio de Stralsund, 
donde los barcos suecos se revelaron 
más ágiles que los regimientos del ge- 
neral imperial. Y ya en el terreno de 
las alianzas, dos palabras para la de- 
cepción provocada por la incapacidad 
del Estado polaco. 

Aún empeoraron las cosas para Es- 
paña cuando la diplomacia holandesa 
supo interesar a Gustavo Adolfo en la 
polémica centroeuropea y el ejército 
sueco, adelantado en armamento y tác- 
tica, arrolló a los soldados católicos del 
emperador y Baviera. En 1632, los ter- 
cios españoles combatían a la desespe- 
rada para impedir a los suecos el paso 
del Rin, y la última línea defensiva de 
Bruselas se estableció en la Mosa. El 
País Bajo español, corazón estratégico 
de la Monarquía, barbacana de Espa- 





ña y de sus Indias, estaba cercado y en 
situación angustiosa. 

Madrid se hallaba ante una disyun- 
tiva tajante: rendirse o realizar un es- 
fuerzo supremo que liberase los cami- 
nos terrestres y marítimos que 
conducían a Bruselas. El primer obje- 
tivo se cubrió cuando el ejército del Mi- 
lanesado, atravesando la Valtelina, 
aplastó a los suecos en Nórdlingen, 
1634. 

Esta batalla indujo a Richelieu a de- 
clarar, en 1635, la guerra a España, 
suscitando en ella esa explosión de pa- 
triotismo que ha estudiado Jover Za- 
mora. Al principio, las operaciones fue- 
ron muy negativas para las armas de 
Luis XIII, pero en 1638, con insólito 
atrevimiento, lograron cruzar la fron- 
tera peninsular, poniendo sitio a Fuen- 
terrabía y, aunque el episodio se saldó 
con un desastre francés, representó 
una seria advertencia y presagio. 

Despejado el camino continental de 
Flandes, faltaba restablecer la antigua 
ruta marítima del País Bajo, perdida 
muchas décadas atrás. Pero la empre- 
sa, en la que se aventuraron los mayo- 
res recursos de la Monarquía, conclu- 
yó, tras un mes de combates adversos 
en el canal de la Mancha, con la des- 
trucción casi completa de la Armada 
del Océano española. La suerte de la 
lucha giraba decisiva e irremedia- 
blemente contra los designios de la 
Monarquía de Felipe IV. 


LA GUERRA DE LOS TREINTA ANOS / 23 





De repente, España quedaba inde- 
fensa en el Atlántico peninsular e in- 
diano y obligada a tremendos gastos, 
con el país exhausto, para paliar las 
amenazas emergentes. Peor aún, la 
noticia de la catástrofe, que sólo a me- 
dias se pudo ocultar, propició un clima 
de descontento e insolidaridad donde 
hallaron terreno fértil los alzamientos 
de Cataluña y Portugal y otras tentati- 
vas disgregadoras que se extenderían 
luego a Italia con los movimientos de 
Sicilia y Nápoles. 


Al borde del abismo 


Las tropas del rey Felipe se batieron 


con bravura insuperable, haciendo 
honor a su fama, en todos los frentes, 
desde el mar del Norte hasta Italia o la 
raya aragonesa, pero eran ya muchas 
décadas de guerra y demasiados los 
enemigos dentro y fuera del marco 
peninsular y llegaron, inevitables, las 
derrotas y pérdidas de plazas. 

La Monarquía, cada vez más falta de 
aquellas cabezas que desde años atrás 
echaba de menos 
Olivares, parecía 
por momentos a 
punto de desinte- 
grarse y no cabía 
desechar como 
infundadas las 
perspectivas de 
balcanización 0 
troceamiento polí- 
tico de la Penín- 
sula Ibérica, al 
modo de lÍtalia, 
para botín de 
Holanda, Francia e 
Inglaterra. Tam- 
poco el aliado y 
pariente de Viena 
se hallaba en 
mucho mejor situa- 
ción. 

Cuando los 
holandeses advir- 
tieron el riesgo de 
aumentar exces1- 
vamente al vecino 
francés a costa de una España resig- 
nada al reconocimiento de la soberanía 
de sus Siete Provincias, paralizaron las 
acciones militares y aceleraron las con- 
versaciones de paz, que se definieron 
en el Tratado de Miinster, a comienzos 
de 1648. 


24 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 





Si Westfalia supuso la pacificación de 
buena parte del continente y el acuerdo, 
de duradera referencia, en torno a un 
orden de principios, fronteras y balance 
de fuerzas, como fruto de tanta sangre y 
destrucción, para España, ya lo hemos 
dicho, la guerra prosiguió sin solución 
de continuidad en lo que pudiéramos 
denominar su fase occidental y última, 
con la apuesta irrenunciable de la uni- 
dad ibérica en juego. 

Desembarazada de Holanda, España 
concentró todo su esfuerzo contra Fran- 
cia y en el Mediterráneo: Nápoles se 
recuperó de inmediato, 1648; poco des- 
pués, 1650, venciendo en el canal de 
Piombino y Elba, se restablecieron las 
comunicaciones con el Norte de Italia; 
luego se reconquistaron Dunkerque, 
septiembre de 1652, y Barcelona, el 11 
de octubre. 

Mazarino redobló su empeño en la 
lucha de nuevo indecisa, poniendo sus 
mejores esperanzas en la seducción de la 
vigorosa Inglaterra forjada por Crom- 
well y también cortejada por Felipe IV. 
Todavía tuvieron energía aquellos ter- 
cios legendarios para batir en Valen- 
ciennes, su última 
gran victoria euro- 
pea, al ejército de 
Luis XIV 1656. Pero 
Londres había pre- 
ferido la alianza 
francesa y los britá- 
nicos desembarca- 
ron en Jamaica, 
capturaron flotas 
indianas y, sobre 
todo, bloquearon las 
costas españolas, 
irrogando inmensos 
perjuicios y huml1- 
llación. 

Era casi el final, 
que llegó en junio 
de 1658, cuando 
don Juan José de 
Austria, el ídolo 
nacional, caía 
derrotado por los 
anglofranceses 
ante Dunkerque, 
con pérdida subsi- 
guiente de tan imprescindible base 
naval, la mejor espada de Felipe IV a lo 
largo de la guerra. Y en el Bidasoa se 
firmó la paz que daba paso a los siglos 
de Francia e Inglaterra (*). 

La experiencia de la derrota, super- 
puesta a la tremenda crisis y extenua- 


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Izquierda, Felipe IV (por Velázquez, National 
Gallery, Londres). Arriba, toma de Yprés, en el 
Flandes occidental, por tropas del conde de 
Fuensaldaña, al final de la Guerra de los 
Treinta Años (detalle del avance de las tropas, 
por Snayers, Museo del Prado, Madrid) 


ción del país, con la conciencia del de- 
clive, se vivió en España del modo me- 
lancólico que traducen los documen- 
tos, la literatura y el arte de la época. 
El Pigmalión calderoniano de La fie- 
ra... (1652) refleja bien, desde el en- 
simismamiento patológico de su mun- 
do de estatuas, el estado de una 
Castilla paralizada por el estupor y la 
desgana. 

Pero de la sima de la crisis surgle- 
ron las fuerzas de recuperación de un 
país que se resistía a perecer y que en 
los mitos populares y el renaciente re- 
formismo de los dirigentes buscaba la 
edificación de una España que, aunque 
tuviera que ser menor, fuese viable en 
la Europa poswestfaliana. Símbolo de 
los nuevos tiempos, diecisiete años 
después de La fiera..., Pedro Calderón 
escribía en clave política su versión, 


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crítica y constructiva, del mito de Pro- 
meteo (1669). 

Pues de la derrota de la Monarquía 
hispánica en la guerra de los noventa 
años, antes del Estado borbónico, se- 
gún pretende Stradling, brotó el espíri- 
tu de una nación distinta, que iría al- 
zándose de Carlos Il a Carlos III, 
quizá más coherente en su estructura 
hispanoamericana, si bien —menos 
creativa y caracterizada— más prouin- 
ciana y más frágil, como demostraría 
su estrepitoso y rápido derrumbe pos- 
terior, en la segunda gran crisis de la 
España moderna. 


() Siempre desde el punto de vista espa- 
ñol, en el punto de la pertodización propon- 
go a los partidarios de los esquemas la si- 
gutente para nuestra guerra europea de los 
cuarenta años: 1) período palatino. 1618- 
21; 2) fase holandesa. 1622-26; 3) marasmo 
financiero y militar. 1627-33; 4) lucha por 
las rutas. 1634-39; 5) crisis de la Monar- 
quía. 1640-47; 6) fase francesa. 1648-55; 7) 
fase inglesa 1656-1658. Por otra parte. el 
ciclo corto, propio de la política, requiere 
una fundamentación teórica que no cabe 
abordar aquí. 


LA GUERRA DE LOS TREINTA ANOS / 25 





Los desastres de la 


guerra 


Por Pere Molas Ribalta 


Catedrático de Historia Moderna. Universidad de Barcelona 


a Guerra de los Treinta Años 
| marcó un punto de inflexión en la 

historia europea. La fecha de los 
tratados de Westfalia (1648), que pu- 
sieron fin al conflicto, ha sido conside- 
rada durante mucho tiempo como el 
hito que dividía la Edad Moderna en 
dos grandes períodos. En nuestros días 
distintos historiadores consideran que 
con la paz de Westfalia y la culmina- 
ción del conflicto se cerraba una etapa 
de la historia del continente, un siglo 
de hierro situado bajo el signo de la 
Crisis. 

Entre los factores que agravaron la 
vida de las poblaciones europeas du- 
rante la primera mitad del siglo XVII, 
la guerra que se inició en 1618 como 
un conflicto localizado en Bohemia 
tuvo un impacto de primer orden. La 
guerra significó no sólo destrucción di- 
recta por los ejércitos enemigos, sino 
que supuso para los Estados una exil- 
gencia de mantener los ejércitos. 

La guerra favoreció los avances de 
la centralización y del absolutismo, so- 
bre todo a través de la intensificación 
y extensión del impuesto. Las exigen- 
cias y consecuencias de la guerra se 
hallan presentes en la mayor parte de 
rebeliones de la época, sean desespera- 
dos alzamientos campesinos y urba- 
nos, o bien movimientos de mayor en- 
jundia política, canalizados en la 
defensa del sistema de libertades pro- 
vinciales. 

El fin de la guerra coincidió con una 
crisis económica y social de amplias 
dimensiones que dio lugar a rebeliones 
desde Sicilia hasta Inglaterra y de 
Francia hasta Rusia. El fin de las 
hostilidades produjo repercusiones 
negativas incluso en países que habían 
permanecido fundamentalmente apar- 
tados del conflicto; los cantones suizos 
se vieron afectados en su economía por 
el cese de las oportunidades que les 
ofrecían las necesidades de los belige- 


26 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 


rantes. Sistemas triunfadores, como el 
francés, estuvieron a punto de hun- 
dirse en la convulsión de rebeldía 
conocida como La Fronda (1648-1652). 


Un nuevo sistema 
internacional 


En la Guerra de los Treinta Años se 
dirimió y se perdió la hegemonía de la 
casa de Austria —y especialmente de 
la Monarquía hispánica— a escala eu- 
ropea y a escala colonial. La casa de 
Austria no pudo imponer su línea polí- 
tica y religiosa al conjunto del Imperio 
germánico. España tuvo que reconocer 
la independencia de Holanda y no 
pudo impedir la expansión colonial ho- 
landesa a costa de los territorios por- 
tugueses. 

Con la entrada de Francia en el con- 
flicto general, la guerra se convirtió en 
una nueva y decisiva fase de la lucha 
entre las monarquías francesa y espa- 
ñola por la hegemonía en la Europa oc- 
cidental. Los tratados de Westfalia, 
firmados en las ciudades de Minster y 
Osnabrick, liquidaban de hecho la he- 
gemonía hispánica y austríaca y ten- 
dían a sustituirla por un sistema de 
equilibrio entre las potencias. 

Pero Westfalia no terminó con las 
hostilidades entre Francia y España, 
que continuaron hasta la paz de los Pi- 
rineos en 1659. Esta supervivencia de 
España, combinada con la crisis fran- 
cesa de La Fronda, tuvo como conse- 
cuencia la recuperación de Cataluña 
(aunque no del Rosellón) por la monar- 
quía española. 

Dos años más tarde de la paz de los 
Pirineos dio comienzo el reinado perso- 
nal de Luis XIV, coincidente con la he- 
gemonía francesa sobre Europa. La 
Guerra de los Treinta Años fue la forja 
de esta hegemonía, camuflada bajo de- 
claraciones de ayuda a la libertad de 


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Capitulación española en Perpiñán el 9 de 
septiembre de 1642 (grabado satírico francés 
del siglo XVII, Biblioteca Nacional, París) 


los Estados amenazados por la prepon- 
derancia española. 

La guerra significó también el límite 
de la Contrarreforma ofensiva. Á pesar 
de que el papa Inocencio X protestó 
contra las concesiones hechas por la 
casa de Austria a los príncipes germá- 
nicos en materia religiosa, se llegó a 
un equilibrio y a una cierta conviven- 
cia entre las principales confesiones 
religiosas (católicos, luteranos y calvi- 
nistas). La militancia religiosa de prin- 
cipios de siglo dio paso en algunos in- 
dividuos a un sentimiento :renista, es 
decir, de paz e incluso de propuestas 
de unión entre los cristianos. 

Además de Francia, otros dos paí- 
ses emergieron como vencedores del 
gran conflicto internacional: Holanda 
y Suecia. Holanda había luchado 
desde 1621 contra la monarquía de los 
Austrias en Europa, en América y en 
Asia. Había consolidado su Imperio 
colonial en Extremo Oriente y estuvo 
a punto de crear unos Nuevos Países 
Bajos en el Norte del Brasil. Además 


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había constituido la retaguardia geo- 
gráfica y financiera de los protestan- 
tes alemanes. 

Con la paz de Múnster los holande- 
ses obtenían de Felipe IV el reconoci- 
miento definitivo y formal de su inde- 
pendencia. Terminaba la llamada 
guerra de los ochenta años, iniciada en 
1568 con la rebelión contra Felipe Il y 
sólo interrumpida —en Europa— por 
el período de la tregua de los doce años 
(1609-1621). 

En realidad, tras la separación de 
Portugal de la monarquía de los Aus- 
trias (1640) ya no existían graves mo- 
tivos de oposición entre ésta y las Pro- 
vincias Unidas. Al contrario, los 
gobernantes holandeses habían descu- 
bierto la conveniencia de mantener en- 
tre su país y la poderosa monarquía 
francesa el amortiguador constituido 
por los Países Bajos españoles, las pro- 
vincias obedientes fieles a Felipe IV, es 
decir la actual Bélgica. Habían descu- 
bierto el principio de que gallus am!- 
cus sed non vicinus. 

Suecia se configuró como la potencia 
hegemónica en el espacio báltico. Sue- 
cia dominaba tradicionalmente el te- 
rritorio de Finlandia y había suplanta- 
do a otros Estados en el dominio de 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 27 


Estonia y Livonia, en este caso tras 
vencer al Estado rival de Polonia. 

Desde 1635 los ejércitos suecos do- 
minaron ampliamente en el Norte de 
Alemania. En la paz de Osnabriick ob- 
tuvo Suecia una importante satisfac- 
ción Oo indemnización económica y el 
dominio de una parte del litoral ale- 
mán: Pomerania y los obispados de 
Verden y Bremen. Entre 1645 y 1660 
el reino de Suecia alcanzó el máximo 
de poder tras vencer dos veces a Dina- 
marca. El dominio del Báltico, aunque 
con altibajos, quedó en manos de Sue- 
cia hasta la conclusión de la gran gue- 
rra del Norte en 1721. 


Un nuevo equilibrio en el mundo 


germánico 


La guerra tuvo consecuencias impor- 
tantes en la ordenación interior del Sa- 
cro Imperio Germánico. Quedaba li- 
quidada la posibilidad, entrevista hasta 
1630, de fortalecer la autoridad del em- 
perador sobre los príncipes y las ciuda- 
des. Se aceptaba la fórmula de la su- 
perioridad del conjunto imperial sobre 
su cabeza: Imperator minor Imperio. 

Los príncipes obtenían una sobera- 
nía territorial que les capacitaba para 
llevar una política exterior propia. La 
impotencia del Imperio quedaba con- 
firmada por la intervención de los so- 
beranos extranjeros —Suecia y Fran- 
cia—, que se convertían en miembros 
del Imperio por los territorios conquis- 
tados; se presentaban como garantes 
de las libertades germánicas frente al 
emperador. 

Fruto de esta política fue el estableci- 
miento de la Liga del Rin (1658), la 
alianza de Francia con los príncipes 
renanos en contra de la política de la 
casa de Austria. Fue especialmente 
conflictiva para el futuro la cesión de 
los dominios de la casa de Austria en 
Alsacia; aunque estos dominios sólo 
comprendían parte de la región, la paz 
de Westfalia puso las bases para la 
futura incorporación a Francia de toda 
la Alsacia y más adelante del ducado de 
Lorena. 

La paz de Westfalia ampliaba en 
sentido favorable a los protestantes los 
términos de la paz religiosa de Augs- 
burgo de 1555. El calvinismo fue reco- 
nocido en pie de igualdad con el lute- 
ranismo y el catolicismo. Fue 
restaurado el electorado palatino del 


28 / LA GUERRA DE LOS TREINTA ANOS 


Rin, suprimido en 1621 en favor del 
duque católico de Baviera; pero éste no 
perdió tampoco su dignidad electoral, 
con lo que en el futuro hubo ocho prín- 
cipes electores, cinco católicos y tres 
protestantes. Las esferas de influencia 
entre católicos y protestantes queda- 
ron fijadas según la situación existente 
en 1624, que fue escogido como año 
normal o normativo. Esta solución fue 
un compromiso entre católicos y 
protestantes, inspirada en el modelo 
anterior propuesto en la paz de Praga 
de 1635. 

El acuerdo estuvo favorecido por la 
presencia en la cabeza del Gobierno 
imperial austríaco de políticos y diplo- 
máticos realistas y pragmáticos que 
abandonaron las pretensiones políticas 
y rellgiosas demasiado radicales y pro- 
curaron conservar lo que fuera posible 
a pesar de la derrota militar. 

El conde Maximiliano de Trautt- 
mansdorf, primer ministro del empera- 
dor Fernando Il representaba esta 
nueva posición. A cambio, los protes- 
tantes alemanes y sus aliados interna- 
cionales abandonaron la defensa de 
sus correligionarios súbditos directos 
de la casa de Austria. 

La Contrarreforma triunfó comple- 
tamente en la Austria propiamente di- 
cha, y en los territorios de Bohemia y 
Moravia, que habían sido el origen de 
la guerra; los protestantes sólo conser- 
varon cierta tolerancia en el ducado de 
Silesia. La nobleza protestante de Aus- 
tria, que había sorteado las anteriores 
expulsiones, se vio obligada a emigrar. 

La Guerra de los Treinta Años 
arruinó las posibilidades de una auto- 
ridad imperial fuerte, pero cada príncl- 
pe en sus territorios (y el emperador 
en los suyos) tendía al absolutismo, 
siempre en conflicto y tensión con sus 
Estados o estamentos. La reforma ge- 
neral del Imperio quedó aplazada para 
una ulterior convocatoria del Parla- 
mento o dieta. La que se celebró en 
1653 consagró el statu quo, lo que fa- 
vorecía la posición de los electores y de 
los príncipes más poderosos, pero deb1- 
litaba las instituciones imperiales. 


Consecuencias económicas y 
sociales 


La paz de Westfalia sancionó tam- 
bién la segregación del Sacro Imperio 
de dos ámbitos geográficos, econó- 


Victoria de las tropas españolas, mandadas por 
Gonzalo de Córdoba, en Fleurus, Bélgica, en 
1622, en la primera fase de la Guerra de los 
Treinta Años (Museo del Prado, Madrid) 


micos, sociales y políticos que de hecho 
se habían separado con anterioridad: 
la república de las Siete Provincias 
Unidas (segunda mitad del siglo XVI) 
y los cantones suizos, que ya en torno 
a 1500, antes de la reforma luterana, 
habían rechazado integrarse en la re- 
forma administrativa del Imperio, 
obra del emperador Maximiliano 1. 

La Guerra de los Treinta Años es 
considerada como uno de los conflictos 
bélicos más destructivos. Los grabados 
de Callot y la vida de Simplicissimus, 
la novela más característica del barro- 
co alemán, nos han acostumbrado al 
mundo de la destrucción indiscrimina- 
da, vinculada al azote de ejércitos bási- 
camente mercenarios. La influencia 
negativa en la evolución socioeconóml- 
ca del mundo germánico fue grande. 
Podemos considerar tres ámbitos prin- 
cipales: la despoblación, la caída de la 
actividad económica y el empeora- 
miento de la condición campesina. 





El fenómeno de la despoblación es 
innegable, pero tuvo una incidencia 
negativa según las regiones, es decir, 
según los movimientos de los ejércitos. 
Una ancha franja que cruzaba en sen- 
tido diagonal el Imperio, desde el Su- 
roeste al Noreste, fue especialmente 
afectada. En las regiones del Palatina- 
do, de Wurtenberg, en el Brandenbur- 
go, Mecklenburgo y Pomerania las pér- 
didas fueron del orden del 50 por 100. 
Pero no siempre la despoblación signi- 
ficaba la muerte de los habitantes. 


Triunfo señorial 


Los movimientos migratorios más oO 
menos forzosos fueron significativos. 
Los disidentes religiosos se vieron obli- 
gados a exiliarse. Los campesinos 
abandonaban los campos y se refugia- 
ban en las ciudades, ocasionando exce- 
sos de población. Después de la guerra 
se produjo un fenómeno de compensa- 
ción desde las zonas superpobladas, 
por ejemplo de montaña, hacia las lla- 
nuras devastadas. Las zonas del Oeste 
y centro de Alemania atraían emigran- 
tes de los Alpes. 


LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 29 





En el Palatinado, una región muy 
urbanizada que había sido ocupada 
por múltiples ejércitos, el nuevo elec- 
tor animó a los nuevos pobladores 
mediante franquicias económicas y 
tolerancia religiosa. En los años 
de posguerra se produjeron además los 
últimos exilios forzosos por motivos 
religiosos: 150.000 habitantes abando- 
naron Bohemia y se establecieron en 
regiones protestantes limítrofes. 

La guerra tuvo, en general, un efec- 
to negativo sobre la actividad económi- 
ca y agravó las tendencias depresivas 
de fondo del movimiento económico. 
Sólo la producción relacionada con la 
demanda militar pudo experimentar 
algún impulso positi- 
vo. Algunos puertos 
del Báltico (Hambur- 
go, Bremen) y algu- 
nas ciudades del eje 
renano (Colonia, 
Francfort) participa- 
ron en el suministro 
de los ejércitos, en ar- 
mamento y en aprovi- 
sionamiento general, 
en cereales, ganado, 
caballos, etc. Incluso 
los círculos y ciudades 
vinculadas al esfuerzo 
de guerra sufrieron 
una crisis de recon- 
versión cuando termi- 
naron las hostilida- 
des. 

La guerra permitió 
el enriquecimiento de 
algunos grandes asen- 
tistas, de los grandes contratistas de 
aprovisionamiento de los ejércitos. 
Uno de los más importantes fue Hans 
de Witte, el financiero que permitió or- 
ganizar el ejército de Wallenstein. 

La circulación monetaria en toda 
Europa se resintió de la falta de meta- 
les preciosos. En consecuencia se pro- 
dujo una inflación basada en la mone- 
da de cobre. De manera esquemática 
se ha dicho que la Guerra de los Trein- 
ta Años fue la lucha entre el cobre de 
Suecia y el de Hungría, dominado por 
los Habsburgo. El siglo XVII fue para 
los alemanes la edad del cobre, el Kip- 
perzett. En el fondo, la economía sueca 
—y la del Báltico en general— estaba 
dirigida por los holandeses desde Ams- 
terdam. 

La guerra significó destrucción in- 
discriminada de cosechas y ruina de 


30 / LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS 





los campesinos. Tuvo como consecuen- 
cia el abandono de campos cultivados 
de manera directa. La ruina del cam- 
pesinado estuvo causada también por 
medios indirectos, que encontramos en 
casi todos los países beligerantes. 

Los impuestos, directos e indirectos; 
las manipulaciones monetarias, el pro- 
ceso general de endeudamiento, debili- 
taron poco a poco a los campesinos, hi- 
cieron disminuir las capas acomodadas 
y produjeron un proceso de polariza- 
ción social y una cierta proletarización. 
Los campesinos se habían visto obliga- 
dos a vender progresivamente parcelas 
para el pago de deudas o de impuestos. 

En toda Alemania se encontraban 
tierras yermas y po- 
cos campesinos. Los 
señores y los gober- 
nantes emprendieron 
una política de re- 
construcción según les 
permitían las circuns- 
tancias sociales. En el 
valle del Rin y en la 
Alemania central, 
aunque se conservó el 
predominio nobiliario, 
los señores realizaron 
inversiones en las ta- 
reas de reconstruc- 
ción, pagando mate- 
riales o condonando 
impuestos. En las re- 
glones del Elba y Bo- 
hemia la reconstruc- 
ción significó la 
imposición de la se- 
gunda servidumbre. 

Este sistema social característico de 
la Europa oriental se implantó definiti- 
vamente al filo de 1650. El sistema sig- 
nificaba incremento de la reserva seño- 
rial y de la explotación directa por los 
señores; aumento de trabajo obligatorio 
no remunerado en tierras del señor 
(estas prestaciones recibían en Bohe- 
mia el nombre de robot); imposición al 
campesinado de la condición servil, que 
implicaba su adscripción a la tierra cul- 
tivada, con prohibición de emigrar; ten- 
dencia a constituir el gran dominio 
como una entidad cerrada, económica, 
social y administrativamente. 

En todos los territorios del Este, en 
Brandemburgo, en Sajonia, en Bohe- 
mia, los príncipes y los estamentos 
promulgaron leyes que limitaban la 
movilidad del campesino. La nobleza 
se apropió de muchas tierras que ha- 





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Izquierda, arcabucero de la época, en la 
posición sostengan el arma (grabado de Jakob 
de Gheyn en un manual de instrucción militar, 
Museo Británico, Londres). Arriba, batalla de 
Littzen, una de las más sangrientas de la 
Guerra de los Treinta Años; en ella murió 
Gustavo Adolfo de Suecia, aunque sus tropas 
alcanzaron la victoria (detalle del grabado de 
Emil Hildebrand) 


bían quedado despobladas. Los seño- 
res controlaban el matrimonio de los 
campesinos, favoreciendo la endoga- 
mia dentro del dominio, e imponían el 
servicio doméstico de los hijos en la re- 
sidencia señorial. 

En Bohemia, tras la batalla de la 
Montaña Blanca se produjo un amplio 


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movimiento de confiscación de propie- 
dades y señoríos de la nobleza protes- 
tante por los vencedores católicos. De 
esta forma se convirtieron en grandes 
aristócratas de Bohemia familias de la 
nobleza austríaca, ministros del empe- 
rador o generales de variada proceden- 
cia (italianos, belgas, etcétera). 

Pero también se benefició del proce- 
so la propia aristocracia checa católica 
—o convertida al catolicismo, como era 
el caso de Wallenstein—, a veces 
miembros de una rama de la misma 
familia que sufría la confiscación. En- 
tre los beneficiarios de la gran transfe- 
rencia de propiedad que acompañaba 
la victoria del emperador se encontra- 
ban militares españoles como Guiller- 
mo Verdugo y el valenciano Baltasar 
Marradas. 


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LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS / 31 





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